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jueves, 13 de julio de 2017

Complejos

Hace muchos años, cuando aún mi cuerpo era el de una adolescente, me sorprendí deseando una tobillera con un cascabel. Fue mucho el tiempo el que pasó- o al menos a mí me lo pareció- hasta que conseguí una que rodeara mis tobillos de elefante. 

Había encontrado muchas que me habían gustado, pero ninguna cerraba alrededor de aquel hueso mastodóntico que tenía como maleolo. Odié aquella parte de mi cuerpo muchos años y envidié la de mi hermana, a la que vi presumiendo con gracia de una plateada.

Mi tobillera era también plateada. Tenía no un cascabel, sino varios, y caía con gracia hacia mi empeine, pareciendo estilizar la parte baja de mi pierna. Me veía bien. Me veía a la moda aunque a veces se me clavaba y me hacía un leve daño. Pero eso no me importaba: Por fin había logrado un deseo tonto, insignificante quizá, pero para mi mente de adolescente era tan liberador...
Se me rompió por el cierre. Nunca la arreglé. Seguí poniéndomela durante algunos años haciendo un ensamble con otro cierre de una pulsera. Seguí llevándola a pesar de avergonzarme por anunciar con antelación mi llegada con el tintinear de los cascabeles. Y acabé guardándola, cuando la vergüenza me pudo, con la bisutería en varias cajas hasta acabar en una que me regaló en un cumpleaños una de mis niñas bonitas, María. 

Tengo que confesar algo. Dicen que los treinta son los nuevos veinte, pero yo creo que son mejores. Tengo otra tobillera. Se la compré hace justo un mes en Los Caños a un chico muy simpático de Bilbao que nos contó sus peripecias por medio mundo. Soy consciente de mis tobillos gruesos, pero ya no los odio. Y sí, mi tobillera tiene un cascabel que anuncia mi llegada y tiene también un medallón con un árbol, que me encanta que sea a la vida a la que represente. 



Y así, haciendo sonar el cascabel me escucho mis pasos y a veces me paro y soy consciente de que puedo andar, que puedo ir a donde quiera y lo más importante de todo, que ya estoy yendo.

sábado, 8 de julio de 2017

Música

Largas y mojadas estaban ahora las calles tras el chaparrón de verano. La camiseta, pegada a su cuerpo otrora escultural, dejaban entrever los excesos de helados, chocolates, hamburguesas y otros placeres de paladar que nada bien hacen a la fina figura socialmente aceptada.
Estaba parada en el semáforo, preparada para cruzar. El tráfico, intenso a esa hora, llenaba de caos sus oídos y buscó refugio en su mp4. 
La música la invadió, la llenó de sol pese a las nubes y la transportó a un lugar donde la humedad olía a campo y no a ciudad, donde el viento venía a besarle la frente en vez de a despeinarle la coleta, y donde la calidez secaba la piel salada de mar. 

Un adagio llenó de paz la mañana de tormentas. 

martes, 4 de julio de 2017

Los que tienen que ganar.

Conversaciones. Dos colegas se sientan en un banco. El rayo de luz se cuela por las patillas de las gafas polarizadas. Uno de los dos se mece la barba. Necesita desahogarse, hablar sin tapujos de situaciones que le acongojan. 

- ...Tóxico fue, es y seguirá siendo- ambos interlocutores saben de quién está hablando- Cuando tienes a una persona en tu entorno laboral que resta más que suma, claramente tienes que alejarte. 
He visto a gente ir a hablar con ella y más que acudir a su despacho parecía que descendían a los infiernos. Se escuchaban los latidos enfrascados en la caja torácica desde la otra punta del recinto antes de ir a ver al verdugo. 

- Bueno hombre,¿para tanto es? Tiene carácter, sí, pero de ahí al descenso a los infiernos...

- Lo es. El problema de la gente así es que te quita la energía y crea un ambiente enrarecido, con tintes violentos y melodramáticos y con miedo. Y vivir con miedo es lo peor que una persona puede hacer. Puede parecer el diablo, y a veces se viste con tridente. Grita, no escucha, tergiversa, impone su opinión y ataca verbalmente. Otras aparece con piel de cordero y tiene hasta arte. Lo cierto es que a estas alturas, poca gente sucumbe a las manipulaciones y caprichos... Ya lo van conociendo. Espero que pongan medios los que tienen que ponerlos. 

- Parece que hay poca solución... Qué mal... no va a cambiar.

- Lo bueno es que es trabajo. Al final la gente se acabará yendo. Lo malo es que hay gente que lo necesita para vivir. Lo bueno es que el tiempo da y quita razones. Lo malo es que el tiempo, con angustia, pasa demasiado lento.

- Sea como sea, los buenos tienen que ganar... no por ser buenos, no, es porque son más. 




domingo, 2 de julio de 2017

El libertario

Ayer conocí a una persona que he de calificar cuanto menos en curiosa. Padre de dos chicas- ya superando la veintena- que roza los sesenta años. DJ en tiempos mozos, lleva tatuada de manera figurada la música en su piel. Divorciado por primera vez antes de los veinticinco y con la noche a sus espaldas para luego ser carpintero después de montar su tienda de ropa. Vive en un chalet donde ha hecho de su jardín un pequeño paraíso desordenado para sus hijas y sus amigos, de todas las edades. 

Dice tener la mentalidad de un chico se treinta años y así es como habla, con lenguaje actual, directo, sin tapujos, pero defiende a sus pupilas como gato panza arriba. 

Habló de drogas, de bebida, de trabajo, de su maltrecha economía, de las manualidades que hace con una rueda de carrete y un equipo de música desahuciado conectado con empalme a un ordenador, habló de un accidente que casi le cuesta la vida y que lo tuvo un mes en UCI, con una cicatriz de dos palmos que adorna su barriga. Habló de sus ligues, de los ligues de sus hijas, y de los ligues de sus ligues, de sus trabajadores y de sus empresas, de su situación económica y de su segunda ex. Habló de la vida, de sus dolencias, de la libertad de expresión, de su casa, de sus vecinos de antes y de ahora, de sus perros y de su gato Richardl que le coge las vueltas para comerse los boquerones de dentro de un tupper, y ofreció lo mucho o poco que tenía con una sonrisa afable.

Una persona criticable seguro para muchos, pero una de las persona con mayor tolerancia que he conocido y con una generosidad sincera y palpable en una sola noche. Y por eso merece un sitio en este blog. Es un loco amigable quizás, libertario que no liberal, vividor. 

Y lo más importante... Feliz de serlo. 

miércoles, 28 de junio de 2017

El desierto.

Tan cerca, y tan lejos a veces, que parecen siete Saharas los carriles desiertos que me llevan a tu casa. Los árboles cimbronean ante la llegada del viento que refresca la noche de tu calle. Tu patio guarda el secreto de tu desnudez tumbada en el colchón de pseudo chill out que te has montado y los mosquitos ponen banda sonora, rematando tú con redobles de palmas y a lo loco. 
Sonrisas, llamadas de atención y miradas cómplices de aquel que te roba el sueño todas las noches como polluelo en el nido pidiendo alimento, y conversaciones a buen seguro dignas de ser grabadas para ser escuchadas entre recuerdos de un verano feliz. 

Dicotomía de estío, en lo bueno y lo malo, se juntan en meses por separado, y soñando quizá alguna vez en compartir unidos una arena fina y unas dunas que, en presencia del mar, pasa a ser más playa que desierto. 

sábado, 17 de junio de 2017

La foto

Lo que veo no es más que un reflejo del presente unas décadas atrás. Veo unos ojos tristes, un corazón descontento. Veo una mirada vacía, veo un ser sin alma. Alma que una vez estuvo y se esfumó hacia la nada. Nada que se perdió en el infinito mundo truncado de un niño que tuvo que ser hombre aún siendo un crío. Veo una vida a la deriva, con bagaje cultural de plena calle, con demasiados cojones sin detener su estallido. Veo soledad. Veo desdicha. Payaso con careta de alegría que cantaba Bambino, payaso con portada y nariz roja, que vende al exterior algo que no es real... payaso, pero sin felicidad. 

Gente desgraciada que haga lo que haga siempre dejará que el odio lo arrastre hacia el lado oscuro de la vida. Ni siquiera intenta remar hacia lo positivo, ni siquiera se plantea la posibilidad de cambiar.

Karma. 

sábado, 10 de junio de 2017

Abriendo ventanas

Cristal opaco. Marco blanco de madera y muchos miedos tras la barrera física de la puerta. Unas letras en negro ponían nombre al despacho y el teléfono no paraba de sonar en la mesa de la derecha. No había nadie allí para cogerlo, pero se adivinaba que no andaba muy lejos, pues habían dos siluetas en vez de una tras la translúcida puerta.
El sonido se filtraba cómo susurro a través de las rendijas. Se podía escuchar risas, y eso la hubiera tranquilizado, pero no lograba calmar a su corazón desbocado. 

Abrió. Empresario de corbata con nombre de emperador romano le indicó pasar, dejando entrever tras sus canas barbas una sonrisa y una invitación sincera a entrar. Pasó. Había pasado. Estaba dentro y tras de sí se cerraron muchas puertas y se disolvieron algunos miedos. Y se abrieron de repente un sin fin de ventanas. 

Suerte, Victoria. Felicidad y prosperidad.