Entalpía es una magnitud termodinámica. Se refiere a la cantidad de energía que un sistema puede intercambiar con su entorno.
En mi caso y haciendo alusión al intercambio con el entorno, este blog pretende ser un espacio abierto a pensamientos y noticias para compartir con el mundo que me rodea.
Hiciste de mis veranos de infancia un juego continuo. Sería un insulto decir que fueron buenos los ratos que pasamos junto a ti, porque sobrepasaron las risas y las confidencias con media sonrisa limpiando la paellera.
Te vas, pero no te vas. Nos dejas, sí, pero dejas algo importante, menos tangible, más que cierto: amor, muchas cosas bonitas en un saco que llevaré de recuerdo allá donde vaya.
"Sobrevivo invadiendo las calles de magia para que podáis sobrellevar el día a día". Siempre fue necesario el invierno para poder llegar a sentir la calidez del verano, el olor de la primavera y el baile sinuoso de las hojas que caen en otoño. El frio se irá... nunca el hielo duró eternamente, porque a veces, aparecen "personas que te regalan su tiempo sin cronometrarlo"
La vida en un polígono en fin de semana es aburrida, fría, triste y monótona. No pasa un alma que silbe por la calle y amenice la estancia entre naves y árboles caducos con sus ramas desnudas por el paso del tiempo.
La ciclogénesis, que tan famosa se ha vuelto después de su visita por, sobretodo, tierras gallegas, acompaña hoy en las aceras con un cemento más gris que nunca. Eso es porque el día también tiene sombras y está color de Grey, pero sin el "señor" delante, que os ponéis tontorronas... y yo no hago más que acordarme de un señor (ahora sí) músico, un genio de las cuerdas que tantas veces ha llevado el nombre de España lejos de la península, y el arte del Flamenco, junto con el gitano de San Fernando, a una dimensión difícil de explicar.
Hoy, en el gris polígono, con los cascos puestos y un día que trae lluvia fuera de las rejas, le doy al play con el volumen bajito para oir, una vez más, como el agua cae del cielo... llorando quizás la vuelta a casa de Paco de Lucía a Algeciras, para decir un "hasta luego" al que también entre dos aguas acarició la guitarra, y le puso melodía a la voz de Camarón, excelencia a la música y música a la vida.
Dejas mucho aquí. GRACIAS.
Las aceitunas son del campo lo que los bombones a la repostería, gusto exquisito que brinda la tierra. Me encantan. Las gordales son de pueblo utrerano, aliñadas con gusto del macaco andaluz, de días y días sufriendo arañazos venidos de las ramas de los olivos y días reposando en un tarro de vete tu a saber. La leche de tierra es aceituna exprimida que ofrece oro líquido como premio a tal prensa. Aceite que toca la superficie del agua de los macarrones que tengo cociendo a fuego medio y baila, como un nenúfar, coqueteando con la corriente.
*** [...] Cuantas veces te vi reir brotó un volcán de chocolate en algún lugar que nos quisimos comer sin importarnos mancharnos las manos. Cuando te vi mirar al futuro en compañía, fue de anís el río que embriagó el plan perfecto. Cuando tuviste mirada ojerosa, los girasoles del campo le volvieron la cara al sol porque se enojaron... No querían tu ceño fruncido. Cuando te escuché soñar en voz alta pude sentir lo que tú, las nubes ante ti rozando tu cabello ondulado. Cuando fue una lágrima la que recorrió tu mejilla, mi corazón simplemente se paró, pero cuando te ví vivir, yo amé la vida.
Ahora no te veo reir, ni mirar ni ver. No veo ni tus ojos ni tu mirada, ni una lágrima ni tus mejillas sonrosadas por un piropo mientras escondes en tu media sonrisa un "Te quiero". No escucho tus sueños salidos de tus labios y veo, eso sí, que esa vida se ha congelado en medio del invierno. Pero este corazón late aun por lo que sintió y desea volver a verte reir, mirar, soñar, vivir... Y espera paciente un momento, tu momento, para poder volver a querer como una vez lo hizo, como lo hace en realidad hoy en las sombras, aguardando el momento para derretir el invierno del mundo y llegar al paraíso mutuo, calmado, cálido, eterno... Para poder amar la vida, tu vida, la mía. ***
Derramaba el café goteante de su cucharilla deliberadamente en el paño blanco de cocina que hacía las veces de mantel. Iba dibujando con manchas marrones lo que parecía tinta en un papel arrugado, salida de una estilográfica Parker 45 de los años sesenta. Los sesenta... Qué tiempo tan feliz. Toda época pasada fue mejor, se decía.
Pensaba aún en el día que la muerte de Monroe conmocionó al mundo entero. Marilyn había marcado una etapa en su adolescencia temprana, al igual que la mayor parte de la música de su vida había salido de esa década prodigiosa.
Suena el teléfono. No lo coge. La válvula de la olla ha empezado a girar en la cocina. Son las dos y diecisiete. Tiene media hora más para seguir observando las gotas de café tardío mezclado con melancolía, hasta que el Lg Optimus le marque con la alarma el momento de retirar el guiso de la vitrocerámica. No le hace gracia tener que cocinar, no es de sus tareas favoritas. Podría ponerse a planchar, piensa. Planchar no le pesa.
Suena de nuevo el inalámbrico, se levanta con gesto airado y antes de descolgar parece escupir una palabra malsonante mientras se dirige a la ventana abierta. Al cabo de poco, la expresión sombría le cambia. Al final, un simple acto es capaz de cambiar su ánimo. Sopla una brisa que se cuela a través de la cortina y le roza las ojeras. El día se torna soleado y huele como nunca a comida, a nubes, a yerba fresca recién cortada del jardín de su calle. Puede que no sea la mejor etapa, pero hoy, por sus narices, no habrá lugar para los malditos.