"Todo el mundo tiene un millón de problemas hasta que pierde la salud. Entonces solo tienen uno. La salud es el verdadero lujo."
Hoy, al terminar de ducharme he abierto Instagram y ahí estaba, sentenciando, esta frase.
No he podido evitar empezar a llorar, porque es algo que comparto, que se y que defiendo a capa y espada desde que puse el pie de estudiante en prácticas en esa planta de oncología del Virgen del Rocío. Y pocas veces- por suerte- me ha tocado de cerca, familiarmente hablando.
El miedo, la incertidumbre, los nervios; son estados lógicos cuando hay una pérdida de la salud. Un duelo activo de ya no estar sano, de no depender de nadie más que de tí mismo; y dejar tu vida en manos de otros que se han formado en esto tan jodido que es la enfermedad.
Yo lo veo a diario, convivo con ello, y convivo con la miseria humana, ese infortunio o desgracia que aparece en una familia cuando hay alguien enfermo. Y sabes tiempos, e intuyes cosas que no quieres ver. Y ves cosas que no quieres creer, y crees cosas que solo son certeras si te confirman, pero hay que esperar.
Hay que esperar.
Bendita ignorancia y maldita la hora en la que supe abrazar la enfermería como modo de vida, porque ahora es el talón de Aquiles que me rompe todo.
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