Alejandro vino al mundo un viernes a las siete y tres minutos de la mañana porque no quiso esperar más. La verdad es que, medicamente hablando, tuvo que haber otra razón para que eso sucediera que escapa a todo conocimiento, pero lo cierto es que llegó cuando aún no se le esperaba. La suerte- o desgracia, el tiempo dirá- de Alejandro es que tiene una madre que es un ansia viva y tenía ya todo lo importante comprado, montado y remirado, silla del coche incluída.
Lloró fuerte, con ganas, alto y claro, con la cara muy apretada llena de vernix caseosa y sangre, y lo posaron en el pecho de una mujer que no dominaba ya cuerpo ni mente y sintió miedo por qué no sabía si lo estaba apretando demasiado contra ella mientras alumbraba una plancenta preciosa (sí ¡Son espectaculares!).
Alejandro se agarró a la vida y, después de alguna complicación y tras casi un mes de incubadora, salió victorioso para cegar de luz los días y las noches, y hacer de una mujer, una madre; de un hogar, un nido de Alejandría; y de dos personas, una familia.
Mi familia.
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